Wishper Sweet Doll


Cantidad de envíos: 448 Edad: 19 Empleo /Ocio: Vaga Nivel Superior Fecha de inscripción: 09/11/2008
 | Tema: Clío by me ;3 Lun 12 Jul - 21:07 | |
| Bueno, esto nació aquí en el foro, en un topic de los juegos, en que debíamos describir como seríamos si fuesemos un super héroe/ina. Allí fue cuando creé al personaje que narra esta "pequeña" historia, que aun está en proceso. La posteo para que me den su opinion :) solo criticas constructivas o les pego con mi cerdito (?) xDDD! | Spoiler: | | |  |
Si es que les gusta, luego podría ir agregando avances de la historia :) ya eso...les dejo la "pequeña" creacion e___e
| Spoiler: | | | Nací hace ya mucho...cuando Nammu y Anu se escaparon en la infinita oscuridad de la noche. Fue entonces cuando la Tierra y el Cielo dieron origen a mi y mis hermanas, las que fuimos dispersadas por todo el planeta, para vigilar la creación de mi madre de la indiscriminada mano del hombre. Pasaron los siglos. Fuimos adoradas como diosas, musas, valkirias, como dríades y náyades...pero supongo que nos suelen conocer mejor como ninfas. Si, aquellas figuras femeninas de la naturaleza de la mitología de antaño. Pero el tiempo nunca deja de pasar...muchas fueron atrapadas siglos mas tarde y acusadas de brujas ardieron en las llamas de las hogueras de la Inquisición. Aun desconozco si exista aun otra dríade con vida en estos momentos...pero hasta el momento me considero la ultima de mi especie. Solo una de mis hermanas náyades habita en las ruinas de la Atlantida, en la profundidad de las aguas. La gran ciudad aquella pereció ante la furia de mi hermana, como ella misma me comento la ultima vez que nos vimos, hace ya un par de siglos atrás, cuando me liberó de mi largo sueño... Fui sellada en el místico Stonehenge, por una valiente mujer pagana, la que luego fue enviada a la hoguera por brujería...mi hermana, después de mucho buscar, logro dar con el lugar de mi eterno descanso... Hoy el mundo ya no es el de antes...cuando mi cuerpo se reconstruyó a partir del rocío de la mañana, y volví a rozar mi mejilla contra la tierra, sintiendo su suave palpitar, pude sentir como su dulce nana ahora se escuchaba triste y débil. Fue entonces cuando mi hermana me puso al día de lo que ustedes patéticos humanos hicieron con mi hogar, la creación de mi madre, el templo que se me encomendó cuidar. Entonces juré que les haría respetar el antiguo legado de mis hermanas y de todas aquellas criaturas que borraron de sus libros de historia y nos redujeron a cenizas y leyendas...y juré que el día en que por fin el Phoenix vuelva a la vida, moriré junto a sus cenizas, arrasada en el fuego reconstructor del ave inmortal.
La musa cuenta su historia sentada bajo un viejo árbol a la orilla de aquel claro. La luna llena ilumina misteriosamente las quietas aguas de la laguna que se extiende frente a los ojos perdidos de aquella delicada criatura. Su piel blanca, a la luz de la luna, toma un extraño brillo platinado. Su larga cabellera marrón cae hasta casi tocar el suelo ¿o será que es solo una extensión de la misma hojarasca?, la misma que se estremece bajo el peso de su cuerpo, que poco a poco se va embobando ante la presencia de aquella antigua y sobrenatural belleza. Sus ojos grises parecían desteñidos, tal vez en épocas de antaño habrían sido del color de aquella roca en al que descansaba...pero hoy bordeaba la palidez, solo un leve reflejo daba cuenta del originario color de aquellos ojos cansados que escondían mucha experiencia tras aquel rostro eternamente joven. - Aun no se tu nombre... - susurró la joven mortal interrumpiendo el silencio eterno de la noche. La ninfa le sonrió dulcemente, con un dejo de cansancio en su rostro. - Clío... La joven la miró asombrada por unos instantes. Aquel nombre lo había leído un millar de veces en libros de mitología clásica. El que su nombre fuese aquel, no podía ser una mera coincidencia. - ¿Eres la musa que cuentan las historias? - Veo que abres los libros de vez en cuando, no? - rió.
Soy la misma aquella que se relata...las demás, Calíope, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania, eran mis hermanas...todas ninfas de los bosques, las aguas y el aire, entre muchas otras, solo que éramos nosotras un pequeño grupo que se había juntado en el Peloponeso. Ellas fueron, sin lugar a dudas, mis hermanas mas amadas. Me gustaría creer que Urania aun vive y que protege aun los cielos o que duerme escondida en algún lugar fuera del alcance de humanos estúpidos... Calíope, oh! mi querida Calíope! Ella es la mas amada por sobre todas! Ella que subió hasta la superficie, abandonando su reino. Llegó a mí una noche en forma de bruma. El invierno azotaba la isla Británica cuando Calíope susurró mi nombre en la oscuridad. En ese instante sentí latir una vez más mi corazón, saliendo a penas de mi letargo. Fue entonces cuando escuche su dulce voz, que aparecía poco a poco dentro de la oscuridad inmensa que inundaba mi mente. Era el Sabbat, que entonaba como un himno de guerra en mitad del campo ingles. Pronto una segunda voz se unió al canto de mi hermana: Aradia, la maestra de las brujas, había aparecido, materializándose de pronto en medio de la oscuridad, invocada por aquel canto, que quizá hace cuanto no escuchaba. Sus voces se fundieron en aquella antigua melodía, rompiendo poco a poco el sello que me mantenía atrapada. Entonces una cálida mano se posó sobre mi hombro, remeciéndome suavemente para que despertara. “Ya es hora de despertar…” escuche junto a mi oído. Sorprendida por sentir a alguien junto a mí, me di vuelta, y ahí en medio de la nada que me rodeaba, se encontraba Diana, madre de Aradia, que, parada junto a mí, me sonreía mientras me extendía su mano. “Tu hermana te espera ¿No la escuchas? Ha venido desde muy lejos por ti…no la hagas esperar. Ven…” decía incitándome a volver a este mundo. Fue en el momento en el que mi mano tomó la suya, cuando un torbellino de colores apareció en la nada infinita y oscura que me rodeaba. Y así fue, como ya te conté, que mi cuerpo de materializó a partir del rocío. Me quedé allí tumbada por unos instantes, queriendo sentir la vida de mi templo latir…pero solo sentí el triste sollozo del viento, que presagiaba destrucción...mientras que el débil latir de Gaia se escuchaba en las profundidades de su ser. Mientras Uranus, mi padre, cubrió mi renacer con una capa oscura y estrellada, para que nadie se fijara que una de sus últimas hijas volvía a pisar el humus.
Siguió relatando la olímpica, mientras la joven se embelesaba y embriagaba con su voz, que mas que voz parecía el canto que ha de tener un árbol al entrar la mañana. - Así que es verdad…aquellos dioses si existieron… Y existen aun pequeña…solo que su periodo de alabanza ha concluido. El dios que hoy alaban no es mas que el mismo que en Egipto conocieron como Atón o Iten, como quieras llamarlo…todos tienen sus periodos…cada cual se hace cargo de alguna cultura distinta. Así, ellos se encargan de que ustedes, criaturas tontas, avancen hacia el cambio y no se queden estancados en una sola cosa…su labor es llevarlos a la perfección, para que algún día lleguen a otra forma… ¡piénsalo, tal vez tu alma, en muchos años mas, sea tan avanzada como para poder renacer en algo parecido a lo que es mi existencia!
Se preguntarán como es que esta humana llego a estar junto a esta ninfa ancestral. Pues todo comenzó la mañana anterior. Cuando Ann había llegado a aquel sitio después de un largo viaje en avión, un trasbordo y un par de horas sentada en la parte de atrás del Jeep que había arrendado su padre, mientras corría sin parar la lista de reproducción de su i-pod, haciendo un poco mas ameno aquel larguísimo trayecto. El paisaje corría tras el vidrio como una secuencia de nunca acabar. Todo parecía parte de un cuento…todo era bosques arcaicos a su alrededor. Pasaba de media noche, cuando una dulce melodía que transportaba el viento se coló por la ventana de la habitación de la cabaña en la que se estaba hospedando junto a su familia. Se asomó a la ventana, tal vez su hermana mayor estuviese afuera disfrutando del paisaje. Se asombró al ver una alta y delgada mujer que solo llevaba una extraña túnica de largas y anchas mangas que arrastraba, salpicando el inmaculado blanco de la tela, que no lograba llegar hasta las rodillas. Se quedó pasmada mirando la misteriosa figura que se deslizaba por el linde del bosque, cuando de pronto se encontró con sus pálidos ojos grises. Entonces, movida por la voz melodiosa de aquel mágico ser, descendió las escaleras y se perdió entre los arboles, siguiendo siempre el sonido de la canción, que la mantenía en un trance imposible de romper. Los arboles, luego de estar, por quien sabe cuanto tiempo, uno al lado del otro, apenas dejando colar algunos rayos de luz, perdiéndose sus copas allá arriba, como queriendo alcanzar el cielo; comenzaron a dispersarse poco a poco, hasta llegar a las orillas de las silenciosas aguas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. En aquel lugar la melodía parecía venir de todos lados, como si viniese de la tierra misma, como si fuese el canto de la noche…como si todos los arboles estuviesen silbando aquella voz. Del sotobosque, se materializo la esbelta figura de la olímpica, a partir de un joven árbol, que de pronto comenzó a poseer rasgos antropomórficos. Una extraña túnica cubría apenas su cuerpo, mientras que largas y anchas mangas rozaban el suelo, ensuciándolas y desgastándolas. Lentamente la musa se acercó a la mortal, la que se había quedado parada allí, sin saber que hacer ni que pensar, simplemente observando a aquel maravilloso ser. - ¿Qué eres? – dijo por fin. - Soy el alma del bosque, soy la guardiana de todo aquello en el que la vida palpita…soy una musa, una ninfa…soy, la ultima de las náyades… - susurro con voz profunda y sorprendentemente lejana. - ¿Qué hiciste luego de despertar? – pregunto Ann, queriendo saber mas de la historia que Clío le relataba. La noche parecía haberse detenido, ¡y ojalá fuese así! Si la sola presencia de aquel ser era motivo suficiente como para estar allí eternamente.
En compañía de Aradia, que se traslada por la oscuridad de la noche como si fuese una estrella, huimos a los bosques de la Valaquia allá en la Europa Oriental. Los bosques allá son extensos, antiguos y profundos…simplemente un lugar perfecto para que seres como nosotras hagamos de nuestra morada. Pasamos un largo tiempo allí, entre las ramas de ese extenso mar verde en el que los lobos aúllan al anochecer y en el que la magia se siente en el aire…es aquel lugar en el que mora Aradia…es por eso que grandes de la historia que han vivido en las cercanías han perdido la razón al encontrarse con la Maestra, puesto que sus mentes no estaban preparadas para algo tan hermoso como lo es una criatura que ha sido concebida por un ángel.
- ¿Por un ángel? – interrumpió su historia asombrada. Por lo que había comentado la ninfa sobre aquella mujer desconocida, parecía más bien un demonio o algo por el estilo. – ¿Cómo puede ser que el origen de la brujería tenga que ver con los ángeles? – preguntó Ann queriendo impregnarse de todo aquel conocimiento. Entonces, sin hacer mayor caso a su intervención, la ninfa prosiguió, respondiendo la inquietud de la mortal.
Aradia nació del vientre de Diana, quien descendió a la Tierra en busca de su amado hermano Lucifer, luego que este fue expulsado del paraíso, lugar en el que todos los seres divinos habitan…allí esta mi madre, esta tu dios, el de los reinos de oriente, de las frías tierras del norte, los del mar verde del centro de este continente…en aquel lugar todos tienen un lugar. Fue Diana quien engañó al pobre de Lucifer, y de su unión nació el alba y del amor nació Aradia, quien fue enviada a la Tierra para ayudar a los hombres que rendían vasallaje a otros, para que supiesen arruinar sus cosechas, matar a sus animales, y arruinar sus feudos…Diana enseñó a su hija a usar la magia, para que esta cumpliera la misión que le encomendó. Ahora Aradia es algo así como el nexo entre lo celestial y lo terrenal, ya que no pertenece a este mundo, pero ya tampoco corresponde al otro…y por elección propia ha decidido ser un ser errante, como somos todas aquellas criaturas que no somos aceptadas en el Olimpo, a pesar de poseer una naturaleza sobrehumana. Todos nosotros, o la gran mayoría, estamos aquí por capricho de los dioses, que nos han encadenado hasta el fin de los tiempos a cumplir la misión que cada uno de ellos ha creado para nosotros, los olímpicos. Fuimos sus huéspedes por largas primaveras, hasta que un día decidimos regresar a nuestras tierras, que se encuentran al sur de aquellos místicos bosques, en los que los días son cálidos y el mar choca constantemente contra los altos e impenetrables acantilados…Grecia, Macedonia, Montenegro…todos ellos son mi hogar. Cada noche allí es fiesta, en la que todos danzan alrededor de la gran fogata mientras se entonan los antiguos cánticos en honor a los dioses.
Algunas gotas de emoción se colaban en sus ojos, plasmándose su voz, que al recordar sus tierras natales, se llenaban de añoranza; seguro que hace mucho que no pisaba aquellos lugares. - ¿Quiénes iban a aquellas fiestas? – pregunto la niña imaginándose a fantásticas criaturas entonando el Sabbat en la profundidad de la noche, ocultos de todas las miradas inescrupulosas de las estrechas mentes de los mortales. - Por lo general son los espíritus de los bosques los que llevaban a cabo aquellas veladas, cuando alguna de nosotras aparecía en los alrededores de las moradas…todo ser olímpico representa el vinculo entre la tierra y mundo de nuestros padres…y toda criatura inferior tiene la necesidad natural de querer rendir homenaje a sus creadores…es algo que no se puede explicar, se da en ustedes, se da en ellos…cada quien rinde culto a la deidad que le ha dado origen, menos los olímpicos, que estamos mas cerca de ellos y somos los hijos que han de cuidar y guiar a sus creaciones inferiores… - la ninfa explicaba a la mortal aquello que a sus ojos era tan simple, pero que ante la pequeña y joven mente de la niña, era algo que sonaba parte de un libro de filosofía. – en mi tierra natal, las criaturas que habitan en los lugares escondidos de los humanos suelen ser faunos, hadas y todas esas cosas que relata la mitología clásica…la mayoría son reales, aunque obviamente no son exactamente como se les pinta; el hombre suele exagerar algunas cosas…acaso yo me veo como un árbol? – rió. - Pues no precisamente, aunque en tus rasgos puedo reconocer cosas que no son tan humanas…- reconoció Ann. Clio le miro con curiosidad. ¿Qué seria aquello que no parecía normal en ella? – Por ejemplo, a veces, tu cabello me parece que se mezcla con la tierra…como si saliese de esta… - agrego reconociendo la expresión de la ninfa. –Parece tan suave…tan lleno de vida… - susurro alargando una mano, queriendo tocarlo, sin saber muy bien lo que estaba haciendo, como si estuviese en un trance. La ninfa sonrió dulcemente, como una madre mira a su bebe cuando este hace sus primeros ruidos en un intento de comunicación. Tomó suavemente su mano. Para sorpresa de Ann, esta estaba apenas tibia, como que su corazón apenas bombeara sangre. - ¿Realmente estas viva? – preguntó la niña, aun dentro de aquel trance que provocaba en ella la ninfa. - Por supuesto que si, yo vivo en los arboles, en las flores…vivo en los animales, en el musgo y en la hojarasca…soy solo una expansión de su vida, por eso mi pulso no es tan marcado como el tuyo…mi vida pulsa junto a la de Gaia, para dar impulso a la vida…yo le regalé la mayor parte de mi vida para que la vida no muriese…la vida que se marchitaba poco a poco, si que se diesen realmente cuenta, podría durar un poco mas…pero gracias a eso, yo he marchitado… - agrego triste. - ¿A qué te refieres? Yo te veo tal cual creí que seria una ninfa. - Humanos… - rió – yo no envejezco como ustedes, es parte de mi naturaleza…no marchito de una forma visible…pero la vida que late en mi interior, se ha debilitado…es como envejecer, solo que las arrugas se presentan en el corazón, que poco a poco deja de latir o simplemente con menos fuerza. - Entonces…significa que morirás? - Exactamente…pero cuando yo muera lo hara el planeta también…porque he compartido mi existencia, para hacer que la vida siguiese…creí, que ustedes, con todo el conocimiento que ya poseen, se darían cuenta a tiempo de las estupideces que cometían…y que intentarían cuidar y ayudar a su hogar…pero me equivoqué. Son unas criaturas realmente avaras y egoístas. Mi error fue creer en su inteligencia…pero son criaturas estúpidas después de todo. Ann guardó silencio. Aunque no estaba totalmente de acuerdo y no le gustaban aquellas palabras; ella también era humana, y no se sentía para nada estúpida. A pesar de aquello, era mejor callar. La obra de su especie estaba acabando con su vida, era comprensible que les odiara tanto. - ¿Qué pasó luego, vivieron mucho tiempo en Grecia? – cambió de tema intencionalmente. No quería seguir escuchando palabras que la hiriesen en su orgullo como especie dominante. - Estuvimos allí muchas primaveras, hasta que decidimos que tomaríamos nuestros propios caminos. Nos despedimos, jurando que cuando el Phoenix volviera a nacer, nos juntaríamos en los bosques del fin del mundo, para acompañarlo en su última travesía…y cuando su vuelo cese y vuelva a convertirse en cenizas, la vida, como la que hoy ves, caerá junto al ave de fuego. - ¿Por eso estas aquí? - Si pequeña…queda relativamente poco para que el pichón nazca. Cuando eso suceda, nosotras le cuidaremos hasta que se haga adulto, como siempre hemos hecho…y luego, vendrá el fin. Pero no te preocupes, el tiempo para nosotros los seres sobrenaturales son distintos a los de ustedes. Lo que para nosotros puede ser tan solo unos instantes, para ustedes pueden ser décadas…y créeme que el Phoenix no se hará adulto en un par de meses…y que a lo que ustedes pudiesen llamar el fin, no es más que un nuevo comienzo. Gaia siempre se está reinventando…ella siempre cambia, haciéndolo también la vida sobre su superficie. - ¿Cómo es ese pájaro? No logro imaginarme un animal que arda en llamas constantemente El Phoenix no es como lo pintan. Por lo que tengo entendido, ustedes creen que es un ave del porte de un águila o un halcón que está permanentemente envuelta en fuego. Pero no es tan así. Más bien mide unos tres metros de pies a cabeza, y posee plumas rojas con un cálido brillo dorado…y sus llamas solo se encienden cuando emprende su último vuelo, antes de morir en el gran desierto del centro. Y su canto es mas bello que cualquiera que hayas oído en tu vida…es como una nana, un arrullo que suena en el aire, haciendo que el cielo se tiña de tonos otoñales… El fue el primero en la creación y el ser encargado de dar vida y destruir, para mantener el equilibrio, destinado desde un principio a esto. Fue creado en el Olimpo, de la mano Vulcano, quien le otorgó la magia del fuego, ayudado por Nammu, mi madre, quien le otorgó el don de la vida y la regeneración. El Phoenix, como muchos creen, no es símbolo de destrucción, sino mas bien de vida…de una promesa de un porvenir prospero. Por eso Abraxas, el otro nombre con el que conocen al ave de fuego, es una deidad considerara con dos naturalezas: malvado y bondadoso…porque El Ave, es destrucción y vida, todo en un solo ser. - Ya va a amanecer. – se interrumpió de pronto la ninfa. –será mejor que regreses a tu habitación…no creo que sea bueno que alguien se despierte y note tu ausencia…. – susurro mirando los manchones del cielo que se colaban entre las ramas de los altos arboles, que se iban tiñendo de gris y dorado. La joven miro hacia arriba también, notando que ya había pasado bastante tiempo en aquel lugar. Pronto las aves comenzarían a cantar. - Te guiaré a la cabaña, o te perderás. – agregó poniéndose de pie, extendiéndole la mano a la mortal, para que se pusiese en pie y la siguiera. Ann deslizo sus dedos por sobre la apenas tibia piel de la ninfa y la estrechó suavemente. Caminaron entonces en silencio, sintiendo como el bosque iba despertando poco a poco. Una vez en el linde del bosque, Clío soltó la mano de Ann y se puso frente a ella, agachándose para mantener su mirada a la altura de la mortal. Las aves comenzaban a despertar y cantaban a su alrededor estruendosas. - Antes de dejarte ir, me debes prometer que no dirás nada a nadie acerca de mi… - susurró penetrando su mirada en la de Anna, que como en un trance asintió sin decir apalabra alguna. - Si dices algo…no me hago responsable de lo que pueda sucederte…entiendes? – Ann volvió a asentir. – Nos volveremos a ver pequeña… - susurró posando sus labios sobre los de ella suavemente, antes de deshacerse convertida en pequeñas gotas de agua.
El movimiento en la cabaña comenzó temprano. El sol entraba con brillos dorados por entre las polvorientas cortinas. Ann apenas había dormido un par de horas cuando su hermana le despertó, pero parecía como si hubiese estado durmiendo plácidamente toda la noche. Y aquel encuentro de la noche anterior… parecía parte de algún extraño sueño…pero estaba segura de que realmente había estado sentada toda la noche en mitad del bosque. El día pasó lentamente, mientras la joven se perdía en sus tribulaciones, intentando comprender y asimilar todas aquellas cosas que le había dicho la musa la noche anterior. Una vez que el sol se indio en el horizonte allá a lo lejos, para mezclarse por el mar allá en el calmo y frio mar del oeste, los sonidos del bosque dieron paso a la noche, y al aterciopelado manto oscuro con sus miles de brillantes ojos tintineantes. Pero Clío no apareció aquella noche, ni a la siguiente ni a la subsiguiente. ¿Acaso la musa era parte de un extraño sueño? No…no podía ser. Después de todo, dijo que se volverían a ver… ¿Pero cuándo?
A la cuarta noche el susurro del viento tocó la ventana de la habitación que la joven compartía con su hermana. Una voz susurraba entre aquel misterioso sonido si nombre; el bosque la llamaba. Saliendo de su profundo sueño, Ann se deslizo silenciosamente de la cama, calzó sus zapatillas y se cubrió con su chaqueta preferida, antes de abrir la puerta procurando no hacer ruido, para no despertar a su hermana. - ¿Dónde vas Anni? – dijo de pronto su hermana bostezando, al despertar tras un chirrido de la puerta. - Al baño…- mintió sonriéndole. – duérmete ya mensa, ya vengo… Sin prestarle mayor importancia, Margot dio media vuelta y reanudo su sueño. Aliviada, Ann cerró la puerta a su espalda y se deslizó escaleras abajo, saliendo por la puerta de la cocina. En el borde del bosque una figura esbelta reposaba junto a un árbol. Parecía cantar, o más bien dicho, susurrar una canción en algún dialecto antiguo, despreocupada y distraída. - Te estaba esperando pequeña Anna…- dijo sin levantar la vista de algún punto en el cielo. - ¿Creíste que te deshacerlas de mi tan fácilmente? – rió dulcemente mirándola por fin. - Emm…yo…comenzaba a creer que era tan solo un sueño…- tartamudeó nerviosa, perdiéndose en las perfectas facciones de aquel ser que se ponía de pie frente a ella. - Cuando una musa se le aparece a algún humano en un sueño o en la realidad, esta le seguirá hasta el fin de los días…somos como sus sombras. - Rió tapándose los labios con sus delgados y blancos dedos. – Creo que este no es el lugar apropiado para continuar nuestra conversación…estamos muy descubierta a la vista de los curiosos… - dijo recuperando la serenidad, mirando alrededor. En un instante la ninfa tomo a la chica en brazos con sobrenatural fuerza, pero con la suavidad con la que se toma en brazos a un bebé. Corrió entonces entre los arboles, que entre mas cerca del corazón del bosque, mas grandes y añosos se hacían. Al pié de una lejana montaña, tan lejana a la cabaña, que parecía mentira que solo hubiesen llegado en unos cuantos minutos, fue en donde la nunfa por fin dejo en el suelo a la joven mortal. Una caída de agua se escuchaba en las cercanías deslizarse suavemente por la ladera, susurrando una fría canción que hablaba de vida y de un futuro incierto. La musa no pronuncio palabra alguna por lo que a Anna le pareció una eternidad. Tan solo se quedó allí de pié, mirando en dirección a donde, imaginó, estaba la dichosa serpiente de plata. Escuchaba. Parecía que el bosque entero se había quedado paralizado, esperando algún increíble acontecimiento, tal cual lo hacía Clío, que como una estatua, esperaba algo eternamente en silencio. - Clío… ¿Qué estás esperando? - susurró por fin Ann en el silencio de la noche, sobreponiéndose al miedo de sacar a la valkiria de su extraño transe. La musa permaneció en silencio, aun sin moverse. Parecía haber perdido contacto con lo que le rodeaba en el mundo físico. - Clío… - repitió impaciente, deslizando sus dedos entre los de la musa, los cuales estaban fríos como la nieve. Clío dio un pequeño sobresalto a la vez que tomaba una gran bocanada de aire. Parecía haber vuelto al fin de su repentino letargo. Apretó la mano de la mortal suavemente y miró hacia todas partes, intentando reubicarse. Anna pensó que era extraño que aquel ser que hacia un rato la había cargado a toda velocidad por el bosque, pudiese ejercer tan cálida y suave presión en su mano. Realmente las musas eran seres impresionantes y enigmáticos. Ahora entendía el por qué que los antiguos griegos las amaron tanto…si esta que tenia junto a ella era hermosa, sus hermanas de seguro también lo habrían sido…y juntas, debió ser una visión impresionante para cualquier mortal. Lastima que nunca podría ver a ninguna más que a Clío. - Ya viene…estará aquí esta noche… - susurró de pronto la musa, sonriéndole tiernamente a la mortal, quien la miraba sin comprender de que estaba hablando. – Calíope. El agua me lo ha dicho…viene cruzando la cordillera…pronto debería estar aquí. - ¿Calíope? ¿La que te liberó hace ya tantos años? – dijo Ann impresionada. Si ya una ninfa la seguiría por el resto de su vida, de seguro que se volvería loca si dos de estos seres olímpicos lo hacían. Tanta belleza es demasiado como para que un simple mortal pueda soportarlo. - Ella misma. – Si, de seguro moriría lunática pensó Ann - Pero descuida…tu eres mi mortal… - Agregó en un imperceptible susurro. La noche era fría y húmeda, inusual para aquella época del año. Tal vez se acercaba una tormenta, pensó Anna, después de todo, muy posible era el hecho de que las nubes cubrieran el terciopelado cielo de pleno verano en las tierras del fin del mundo, en donde el verano era como un dulce regalo a quienes habitaban esas mágicas tierras, pero, que como todo lo bueno, apenas duraba unos instantes. Pero quizá se tratase de algo mas, pensó. Después de todo Calíope era una musa del agua, y venia viajando en el aire…tal vez aquella humedad era signo de que su presencia estaba cerca. ¡Que extraña era la existencia de aquellas olímpicas! Su aspecto era tan humano, pero tan etéreo a la vez…por lo menos así lo veía en Clío, que lejos estaba de parecer un hada de las que relataban los cuentos, pues más bien parecía un verdadero ángel. Si, tal vez las musas también hayan sido el origen de los ángeles…tal vez, ella había tenido la suerte de conocer a un verdadero ser etéreo. - ¿Estás bien? – preguntó la musa sacando de golpe a Anna de su ensimismamiento. – Estás fría…creo que la noche está demasiado helada como para que tu temperatura corporal lo soporte tan solo con un pijama. - Pues no me queda nada más que soportar la noche junto a ti así. Después de todo, ni siquiera me diste tiempo de ponerme algo más apropiado para una noche que es tan extrañamente fría! – respondió sorprendida la mortal entre risas; aunque era verdad que tenía algo de frío. En donde ella vivía, mucho mas al norte, las temperaturas en esas fechas siempre eran espantosamente altas, así que el frío le afectaba por lo menos en esa época, puesto que su cuerpo ya se había acostumbrado a las dulces noches de las tierras al norte de la gran ciudad - Pues no dejaré que te de una hipotermia! – rió también la dríade, sorprendida de la respuesta de su mortal. En todos sus siglos de existencia, nunca nadie, a parte de sus hermanas, se había comportado tan amistosamente…siempre o fue odiada, o fue alabada y tratada con mucho respeto, pero nunca, en ninguno de los lugares en que estuvo, alguien se atrevió a tratarle como una igual. - Pero poco es lo que puedes hacer…tu piel está mas fría que la mía…pareces un cadáver… - dijo Anna con algo de tristeza en su voz. Realmente le hubiese gustado el poder acurrucarse en los brazos de aquel ser y que cuidara de ella en medio del bosque nocturno, mientras ella dormitaba reposada en su regazo. - Pero puedo hacer cosas que nunca ningún humano podría hacer… - susurró abrazándola como una madre abraza a su hijo. De su interior parecía salir un extraño arrullo que parecía un suave ronroneo. – Tal vez mi cuerpo no sea tibio…pero el bosque y sus habitantes me deben respeto…y también a quien esté bajo mi protección… - susurró en su oído. Un crujido sonó entre los arboles cercanos. Todo el bosque pareció quedar paralizado por unos instantes, o tal vez solo fue la impresión de Anna, que agudizó el oído asustada. Dos luces comenzaron a acercarse entre las ramas bajas del bosque, tomando poco a poco la forma de dos ojos que brillaban misteriosamente en la oscuridad. Con espanto la joven se percató que se trataba de la criatura mas peligrosa de aquellos bosques, en que ningún animal que caminase entre aquellos arboles estaba por sobre aquel rey. - No te asustes. – Susurró Clío, extendiendo una mano hacia el animal, para que se acercase. – Solo nos viene a hacer compañía y abrigarte… - susurraba mientras el felino olía su mano y acariciaba su fría piel. El animal luego se acerco a Anna, que miraba aterrada como el león olía su piel, como si estuviese catando a través de su aroma el sabor de su carne. Su cuerpo, involuntariamente tiritaba de espanto mientras el animal las rodeaba acariciando sus brazos con su suave piel. Cerró sus ojos con fuerza, intentando apartar su mente de aquel animal, que aunque Clío le asegurase que no le lastimaría, no podía dejar de temerle. Entonces, una dulce caricia en su hombro y un dulce ronroneo, esta vez provenientes del felino, deshicieron aquella ola de miedo que ya apenas la dejaba respirar. |
Si lograste leer todo esto te felicito xDD son 15 pags de word e____e hahaha |
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